7
Dic
Passarella, acostumbrado a los retos
por Juan Pablo Veli
Te caiga poco simpático o comulgues con su perfil de recio disciplinario, no podés negar que Passarella es un tipo con alma de luchador y caracter de ganador. Hombre de temple férreo. El único jugador argentino dos veces campeón del mundo , uno de los más impetuosos defensores de la historia, impasable en su propia área y goleador en la de enfrente. Pocos zagueros pueden presumir de contar con 134 goles en su expediente -algo habrán tenido que ver sus raíces de delantero-, sólo superado por los 193 gritos de Ronald Koeman. Por más que de chico haya sido fanático de Boca -se probó allí fue rechazado- y algunos quieran recordárselo agresivamente, defendió como pocos la banda roja y se transformó en una de las banderas de River Plate, siendo parte del equipo que quebró la racha de 18 años sin títulos, en 1975.
Ése fue su primer lauro con River, uno vital para la salud del club por aquel entonces. En el mismo año, capitaneó al equipo juvenil argentino que se consagró en el torneo Esperanzas de Toulón. Sumó dos títulos locales más (Nacional ´75 y Metropolitano ´77) y después protagonizó su éxito más resonante, con la cinta en el brazo en la primera conquista mundial de Argentina en 1978. Le agregó un póker de torneos más a su palmarés millonario (Metropolitano ´79, Nacional ´79, Metropolitano ´80 y Nacional ´81) y cerró su rica vitrina de trofeos en el Mundial de México ´86, aunque no jugó por una infección intestinal. Impregnó su marca en la Fiorentina e Inter de Milán, volvió a River y se retiró como jugador para después prolongar su vínculo ganador como entrenador, al suceder a Merlo. Como DT, alzó tres certámenes locales dirigiendo a River, y después como seleccionador argentino logró una medalla de oro en los Panamericanos de Mar del Plata ´95 y una de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta ´96. Su última conquista fue dirigiendo al Monterrey en el 2003.
Pasó sin pena ni gloria por Parma, la selección uruguaya y Corinthians. No es poco lo que logró como entrenador, pero en sus inicios insinuaba aun mayores éxitos. Sus premisas siempre fueron la disciplina y la seriedad, lo que lo llevó a ser visto casi como un ogro por algunos. Les hacía cortar el pelo a sus jugadores para que tuvieran una respetable presencia, una actitud exagerada. Eso le provocó cortocircuitos con Redondo, quien se negó a aceptar esa orden y se divorció de la Selección. En su época de jugador, su relación con Bilardo se resintió cuando el Narigón le sacó su sagrada cinta de capitán para otorgársela a Maradona, el único titular indiscutido del Doctor. Además, Passarella expresaba abiertamente su sentimiento por la doctrina menottista, algo que a Bilardo no le gustaba nada. Su corajeada ante Perú, en las eliminatorias de 1985, provocó el gol de Gareca que clasificó a aquella selección para el Mundial ´86 que después se adjudicarían.
Las muestras de carácter siempre afloraron en el Káiser, apodado así por sus similitudes con el juego de Beckenbauer. Cuando una gloria como Pipo Rossi le preguntó si estaba preparado para jugar un amistoso contra Boca, su devolución fue: “Yo estoy preparado, hay que ver si usted se anima a ponerme”. Cuando Labruna, otra de las leyendas riverplatenses, lo hacía jugar de lateral por izquierda, se le plantó y terminó masticando banco. Al final, con la fuerza de sus actuaciones, convenció a Labruna de que él debía ser la pareja titular de Perfumo en la zaga. También en la vida tuvo que asumir retos críticos, como la muerte de su hijo Sebastián, en 1994. Hasta tuvo hidalguía para enfrentar a la siempre parasitaria barra brava.
Su segunda etapa en Núñez como técnico también se produjo al suceder nuevamente a Merlo, aunque esta vez terminó constituyendo un fracaso más de la era Aguilar -consiguió dar vuelta el karma que tenía en contra de Boca, aunque no cosechó un solo título- de la que tanto buscó separarse en las flamantes elecciones que lo dieron como nuevo presidente de River. Ser el primer mandatario post Aguilar no se vislumbra como una empresa sencilla, más bien es un fierro caliente. No necesitó prometer jugadores lujosos como refuerzos ni tener algún ídolo en el hombro, porque el mismo candidateó su propia figura como la cabeza del nuevo proyecto. A favor le jugó, además de toda su gloria deportiva, ser un personaje del fútbol y no un político contaminado más. Su nombre era la garantía de calidad de su campaña y no le hacía falta invertir millones como D´Onofrio y Caselli. Justamente los empresarios prometieron inyecciones monetarias a través de grupos empresarios dispuestos a invertir, mientras que la propuesta de Passarella es de austeridad, trabajo sacrificado y seriedad. Un alto a la joda, limpieza interna y trabajo de inferiores para volver a ser la fábrica de talentos que siempre caracterizó al nombre de River. Un símbolo del club para intentar curar el mal endémico que viene haciendo trizas a la jerarquía de lo que alguna vez fue una institución modelo.












