
El desenlace que muchos predijeron para Boca empieza a materializarse. No hacía falta ser Rinus Michels para presagiarlo, bastaba con ver el cúmulo de cortocircuitos del verano (renuncias de Bianchi y Basile, internas en el equipo y la dirigencia, resultados desalentadores en los amistosos). Tener la oportunidad de dirigir a Boca, no se da todos los días, y por eso Abel Alves se tiró de cabeza al desafío de agarrar este equipo comatoso, plagado de complicaciones y con futuro de implosión. Era su gran oportunidad y no le importó en lo más mínimo tener que ser bombero temporal y poner la cara en pleno incendio, siendo apenas un técnico debutante.
Alves desborda energía y buenas intenciones de trabajar para conseguir que el conjunto deje de arrastrarse. De primera, estableció turnos dobles para los entrenamientos y se mostró siempre dispuesto a explicar sus ideas con la prensa, contrariamente de lo que venía realizando Coco Basile. Logró dar un paso adelante, Boca ya no se muestra como un equipo abúlico en la mayoría de sus enfrentamientos y hasta logra generar ráfagas ofensivas interesantes. Los tres de arriba -Palermo, Gaitán y Riquelme- no se tocan. Pero el resto de las piezas están muy lejos de funcionar. El mediocampo es desbordado permanentemente y los defensores, juegue quien juegue, no forman una zaga confiable.
Desde errores individuales hasta colectivos que no se revierten. Por su desbalanceo defensivo, a Boca se le escaparon varios duelos en los que se puso en ventaja, como contra Racing, Vélez, Estudiantes y Argentinos Juniors. Le hizo 4 goles a Vélez y ni así pudo quedarse los tres puntos, cosa que únicamente logró en la segunda fecha.
Por más compromiso que Alves aporte, no da en la tecla para que Boca sea un conjunto. Cambia permanentemente las piezas, defensores y volantes entran y salen continuamente. Y Boca cada vez se defiende y retrocede peor. Por eso está 17º en la tabla, con apenas 3 puntos más que el último, Atlético Tucumán. Se equivocó también a la hora de declarar: al primer revés, declaró que tenía preparado “un pibe” para poner en lugar de los que no rindieran, apenas consumada la derrota y sin dialogar la situación en primer término con los jugadores. Tomó decisiones, como las de sacar a Abbondanizeri y a Ibarra, incluso a Palermo con un partido 0-0 y a falta de 10 minutos para el final. Después dijo que jamás sacaría ni a Riquelme ni a Palermo ni aunque éstos se lo rogaran. Por el medio ya desfilaron Rosada, Prediguer, Medel, Insúa, Chávez, Erbes y Méndez sin conseguir afianzarse. En el fondo pasaron Ibarra, Paletta, Muñoz, Morel, Monzón, Medel, Villafañe, Barroso, Luiz Alberto y Bonilla y todavía no hay una solución ni una estructura. No es el culpable, porque esta encrucijada es una herencia de Basile, pero tampoco consiguió cambiar sustancialmente la precariedad xeneize.
Su fecha es hasta junio, pero por lo bajo empiezan a aparecer los rumores que indican que los mismos dirigentes que lo usaron como pieza urgente de emergencia esperan un paso al costado de su parte. Por otro lado, algunos jugadores piensan que es un infiltrado de los dirigentes para hacer la limpieza radical que Bianchi no hizo en el verano. Justamente, les habría dicho a sus dirigidos que están desperdiciando el privilegio de jugar en Boca y que lo van a tener que sacar muerto del puesto. La aventura de Alves como DT de la Primera, por ahora, está lejos de ser agradable. ¿Durará mucho más?