
Román es catalán, hincha del Barcelona y vive en Buenos Aires hace tres meses. En su casa no tiene televisión satelital así que decidió ver el clásico español junto a sus compañeros de Penya Nicolau Casaus. La cita era en el Casal de Catalunya, un palacio que encierra la tierra de Antoni Gaudí y Joan Manuel Serrat en pleno San Telmo. Pero el partido no se pudo ver allí por una dificultad técnica.
Los organizadores y los que habían llegado temprano, una veintena de personas, se fueron a un bar en Belgrano. Los que, como Román, lo habían hecho unos minutos antes del pitido inicial se movilizaron a una confitería más cercana.
Cuando empezó el partido solo eran dos las mesas ocupadas por hinchas culés, pero con el correr de los minutos fueron llegando más y más barcelonistas. La sala se llenó de camisetas blaugranas y acento español.
Si bien en los primeros momentos la música del ambiente era de charla, ésta se vio interrumpida a los 25 minutos del primer tiempo. La TV mostró como Royston Drenthe se escapaba de su marca y encaraba al arquero Víctor Valdés, pero la imagen quedó congelada y no se pudo ver la definición; la televisión satelital le volvió a jugar a una mala pasada a los socios de la Penya, que uno segundos después aplaudieron enérgicamente la atajada de su número uno. A partir de esta jugada, los hinchas se liberaron, se sintieron más cómodos y vivieron el partido como si estuvieran en el Camp Nou, gritando, aplaudiendo y gesticulando.
Con el final de la primera parte, más de la mitad de los concurrentes se levantó, apoyó la silla sobre la mesa, tomó un último trago de cerveza y salió a fumar un cigarrillo. Sus caras de alegría y confianza con las que habían entrado a la confitería 45 minutos antes, mostraban gestos de duda e impaciencia por el 0-0 parcial.
Esos gestos se acentuaron más con el penal de Samuel Eto’o atajado por Iker Casillas a 20 minutos del final. Aquella impaciencia se transformó en intolerancia: se escucharon algunos insultos para el arquero de la Selección española y hasta festejos por una patada que sufrió Raúl, símbolo del Real Madrid.
El clima enrarecido se convirtió en jolgorio con el gol de Eto’o. Todos se pararon de sus mesas, aplaudieron, algunos se abrazaron con conocidos y extraños para gritar el tanto del camerunés. Instantes después, otra vez en sus asientos, se divirtieron viendo la repetición. “Una ronda para todos” llegó a gritar un hincha entre risas.
Los últimos diez minutos del partido se vivieron eufóricamente. Cada jugada, cada movimiento era festejado y los jugadores que salieron reemplazados recibieron una ovación. Sobre la hora todos se volvieron a parar, todos volvieron a aplaudir, algunos se volvieron a abrazar con conocidos y extraños para gritar el gol de Lionel Messi. Instantes después, otra vez en sus asientos, se divirtieron viendo la repetición.
Cuando el árbitro terminó el partido, los hinchas del Barcelona se levantaron rápidamente y abandonaron la confitería. Al cruzar la puerta, volvieron a Buenos Aires.
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