
Alberto Pedro Spencer Herrera, hijo de un negro jamaiquino (abuelo inglés) y de una morena de Guayaquil, es el más grande futbolista ecuatoriano de la historia. Nació en Ancón, pueblito petrolero próximo al Océano PacÃfico, un 6 de diciembre de 1937. Comenzó a quemar redes en el Everest, un pequeño club de Guayas, marcando 101 goles en el perÃodo 1954-1960. Juan López, el técnico de Uruguay campeón mundial de 1950, quién en ese momento estaba dirigiendo a la Selección de Ecuador lo recomendó a Peñarol de Montevideo y asÃ, en enero de 1960, comenzó a transformarse en un mito inolvidable de la historia Manya.
Viendo sus extraordinarios números podrÃa decirse que es “el señor de la Copa Libertadores” : ganó las ediciones de 1960, ‘61 y ‘66 además de marcar 54 goles (48 para los uruguayos y 6 para el Barcelona SC), convirtiéndose asà en el máximo goleador de la historia de la competencia continental. Formó parte de delanteras inolvidables (Abbadie, Rocha, Spencer, Cortés y Joya/Cubillas, Ledesma, SasÃa y Joya) siendo amo y señor del fútbol charrúa al conquistar los campeonatos de 1959, ‘60, ‘61, ‘62, ‘64, ‘65, ‘67 y ‘68. De sus 510 goles oficiales, 326 los hizo con la camiseta aurinegra. Algunos de ellos fueron artÃfices de las gestas ante Benfica (1961) y Real Madrid (1966), para lograr ambas Copas Intercontinentales. Tras la victoria ante los merengues, el Inter. De Milan quiso llevárselo pero los directivos de Peñarol lograron retenerlo.
“Ese Peñarol tenÃa categorÃa y mucha escuela, porque Rocha era un talento impresionante, completo; el Pardo Abbadie, ¡por favor!, otro jugadorazo con una habilidad tremenda; el peruano Joya, con un pique y una velocidad imparables, llegaba al área de manera sorprendente… En fin, un equipazo con magia y clase que convertÃa muchos y lindos goles. Fue un momento notable el que me tocó vivir con Peñarol, y que marcó una etapa inolvidable en la historia del fútbol uruguayo y mundial”, comentó Spencer en una entrevista que le realizó el periodista argentino Pablo Aro Geraldes.
Un artÃculo de hace muchos años lo describÃa:
“Su figura morena está adherida para siempre a la historia de la Copa. ParecÃa un puma agazapado y expectante en el bosque de zagueros de las defensas adversarias. De pronto, como impulsado por un mágico trampolÃn, salÃa como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo. Y, cuando estaba en lo más alto, cuando ya habÃa superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo. El final era siempre el mismo: el balón en el fondo de la red, los defensas mirándose impotentes entre sà mientras él iba a desparramar su alegrÃa frente a las tribunas”.
Spencer cuenta con la particularidad de haber jugado para dos selecciones al mismo tiempo. En 1959 disputó el Sudamericano para Ecuador. El 19 de junio de 1962 enfrentó a Checoslovaquia en Montevideo defendiendo a un combinado uruguayo y el 6 de mayo de 1964 debutó oficialmente para la Selección Uruguaya, en Wembley, en un partido que ganó Inglaterra 2-1, quedando en la historia por marcar el primer tanto uruguayo en las Islas Británicas. Posteriormente enfrentó a Austria (2-0) y a Unión Soviética (0-1). En 1965 volvió a vestir la camiseta de Ecuador durante la Eliminatoria del Mundial de Inglaterra y, en 1967, retomó la Celeste en dos encuentros ante Perú, en Lima. A pesar de ello, nunca quiso nacionalizarse para no ofender a la patria que lo habÃa visto nacer.
Patria que lo trajo en 1971 para jugar en el Barcelona de Guayaquil, en donde siguió alimentando su grandeza conquistando 18 goles en 38 juegos, para asÃ, lograr el torneo ecuatoriano de ese mismo año.

Desde su retiro del fútbol profesional, en 1973, se estableció en Montevideo y en 1982 fue designado cónsul ecuatoriano en aquel paÃs. El 14 de septiembre de 2006 durante un examen de rutina sufrió un infarto, y falleció el 3 de noviembre del mismo año tras ser internado en una clÃnica en Cleveland, en Estados Unidos. Luego de recibir su homenaje en Guayaquil, sus restos fueron llevados hacia Uruguay donde recibió el último adiós de los hinchas de Peñarol. AllÃ, en Montevideo, y de acuerdo a su última voluntad, está su morada final.