26
Ago
Riquelme, y algo más que 90 minutos de fútbol
por Roberto Parrottino
Eran otras épocas. Argentina se dividía entre personalistas y antipersonalistas en los años ´20, con la Unión Cívica Radical en el poder. Décadas más tarde, llegaría el peronismo y, vaya casualidad, el antiperonismo o el gorilismo. Hoy, la actividad, militancia o participación política en la sociedad moderna ha mermado. Mucho. Entonces, para la mesa del café, la charla entre amigos, el tema de debate es entre riquelmistas y antiriquelmistas.
Para Roberto Di Giano, licenciado en Sociología, la interpretación del juego de Juan Román Riquelme va más allá de una cuestión futbolera. Sino que representa una mirada estética y hasta sociocultural de la identidad en el estado de cosas, donde una vasta porción del periodismo deportivo argentino asume una postura.
Es evidente que en el ámbito deportivo ha existido siempre un tipo de periodista predispuesto a manipular a favor de estéticas híbridas.
De allí que un jugador de las características de Juan Román Riquelme, firme defensor de una identidad amasada con paciencia en el seno de la cultura popular, sea visto por quiénes profesan una ciega adulación por los “saltos” modernizadores ajenos, como un “inadaptado” respecto al último grado de la moda futbolística, un ser humano poco “civilizado” que ha perdido el tren del progreso.
El desprecio sociocultural por los jugadores talentosos y de espíritu rebelde, es de larga data en la Argentina. En 1913 el diario La Nación, intentando vanamente inhibir la creatividad popular, criticaba duramente al “crack”. Este sutil jugador que surgía del seno de los sectores medios y bajos de la población con cualidades contrapuestas a la de los deportistas de la elite británica, era visto básicamente por dicho periódico -fundado por un conspicuo representante del liberalismo conservador- como un negligente.
Cuando El Gráfico, una revista de amplia difusión en el país, se convirtió desde la primavera de 1962 en un agente privilegiado de la modernización futbolística local, entabla una lucha simbólica de calificaciones contrapuestas – por ejemplo entre fútbol lento y veloz – apoyada en criterios de valorización europeos. Entonces, asumiendo sin ningún tipo de prejuicios lo ajeno como propio presentó al modo de jugar argentino con una especie de rémora que nos impedía el acceso al paraíso moderno.
Una vez que Maradona concretó su famoso gol a los ingleses, una parte del periodismo deportivo, siempre fascinado por las condiciones atléticas de los futbolistas europeos, imaginó que el jugador realizó semejante jugada gracias a que estaba súper-entrenado, desvalorizándose así su gran conocimiento de los misterios del juego.
Fernando Signorini, quién fuera durante mucho tiempo preparador físico de Maradona, echa por tierra las cosas dichas por tan distinguido núcleo de “expertos” al comprobar que el mismo: “empleó casi 13 segundos para recorrer aproximadamente 55 metros, una enormidad desde el punto de vista atlético”.
En los últimos meses Riquelme tuvo que soportar críticas de muy mal tono realizadas por personajes de dimensiones mezquinas que viven renegando de los matices propios, y de las originalidades que todavía le brindan momentos de frescura a un fútbol altamente rutinizado. Su figura, inconformista y reacia a las modas, fue objeto en la Argentina de crudas descalificaciones que irían mucho mas allá de evaluar sus buenas y no tan buenas actuaciones con la camiseta celeste y blanca.
Apuntaban certeramente a borrar toda marca de identidad.













Después de la novela que se armó con Messi, Diego, Rafinha, 



