
La Argentina de Maradona tuvo el estreno promisorio que necesitaba ante un rival minimizado, que, por más que llegó a evolucionar futbolísticamente en los últimos tiempos, demostró en el Monumental que lo de “salir sin complejos” fueron declaraciones previas inverosímiles y para nada aplicadas. El equipo funcionó, sin llegar a ser un torrente (tampoco es que lo necesitara), y mostró una mejoría notoria del marchitado segundo ciclo de Basile, especialmente en el ímpetu para ser agresivo en todo momento. Además, demostró que hay vida después de Riquelme.
La delantera de los bajitos
Sin un conductor definido que obligara a jugar por el centro, la intención fue desplegarse por los costados, desbordar por las bandas y definir dentro del área. Así llegaron los goles de Tevez y Maxi Rodríguez, con las profundas llegadas de Messi y Agüero hasta el fondo. El tridente ofensivo firmó una buena carta de presentación, con el sobresaliente nivel de Messi, que con la 10 en la espalda empezó a acercarse al Messi estelar del Barcelona. Tevez empezó poco lúcido, pero se fue metiendo cada vez más en el partido y se asentó definitivamente con el pase excelso para La Pulga, en la apertura del marcador, y su volea goleadora para el 2-0. Agüero, más allá de la conquista que firmó y la asistencia, fue el menos productivo de los tres; sus maniobras más notables se dieron cuando se tiró al costado y abandonó el centro del ataque. Así llegó al gol y también a servir la tercera diana.
La línea de tres
Para un contrario que hizo poco y nada para atacar, la línea de tres defensores evidenció algunos resquebrajamientos y se mostró permeable. Con la solitaria participación de Maldonado, llegaron a complicarse en más de una ocasión, sin saber distribuirse para defender con firmeza. Angeleri -firme en su debut, pero con algunas manchas- y Zanetti se complicaron cuando se pegaron juntos para marcar a la misma persona. Paradójicamente, el primer gol llegó por la enredada y, a la vez, veloz salida de Zanetti (fue vivo para no darle tiempo al rival de reformar su bloque tapón) en una confusa acción defensiva. Si en vez de Venezuela, que exigió con escasez, el rival hubiera sido un equipo con más ánimos ofensivos, da la sensación de que podrían haber habido problemas para cubrir al sobrio Carrizo, quien todavía sostiene el arco invicto en la era Maradona.
El mediocampo
Sin Riquelme, fue Gago el que, con poco éxito, trato de ser uno de los ejes de conducción del equipo. Siempre fue el principal transportador de la pelota desde el campo propio a terreno hostil, intentó tocar siempre de primera, pero estuvo impreciso y su presencia distribuidora se fue apagando. Mascherano dejó en claro porque es el gran capitán de esta Selección. Siempre un paso adelante, siempre atento para cortar y ser el jefe del centro, con actidud y entrega de siempre. Tanto Maxi Rodríguez como Jonás Gutiérrez ayudaron en el ida y vuelta, fueron sacrificados, pero les faltó mayor claridad para ser incisivos en las embestidas. Quiero destacar los cinco pares de pulmones que tiene Galgo Gutiérrez, para correr todo lo que le tiran para adelante (desde el primer hasta el último minuto), presionar siempre y también tener aire para colaborar en el retroceso.
Un detalle para resaltar: que Argentina haya tardado 25 minutos para quebrar el cero en el marcador, tuvo que ver conque Venezuela se defendió con todos sus hombres en sus propio terreno, con líneas juntas y obstaculizando la idea futbolística del equipo del Diez. Maldonado, el solista delantero de la Vinotinto, fue el único que tenía permiso de pararse en el borde del círculo central cuando el representativo caribeño no tenía la pelota, es decir, en cada minuto del partido. Recién cuando Messi pudo abrir la lata Venezuela tomó la decisión de pisar la mitad de cancha argentina y, en consecuencia, dejó huecos libres que fueron aprovechados para armar el 4-0. Habrá que poner énfasis en cómo resolver este asunto, dado a que habrá muchas más selecciones que ejecutarán la misma partitura conservadora con el objetivo de franquear su propia área.